Lo que trajo la mar

La tradición marinera de la costa vasca recoge también la creencia de que la mayoría de las imágenes sagradas, veneradas por los pescadores, llegaron flotando en la mar a sus diferentes puertos.

IMG_5484Este es el caso de la talla de Santa Rita y Santa Quiteria, encontradas en la mar y llevadas a San Sebastián hace muchos años. De ella se dice que bien pudo ser el mascarón de proa de algún barco, desprendido durante una tempestad. El día 22 de Mayo, festividad de Santa Rita y Santa Quiteria, se celebra una fiesta en el puerto donostiarra y se coloca a las santas sobre un altar.

Sin embargo, la más famosa de todas las imágenes encontradas en la mar es la de Santo Cristo de Lezo (Gipuzkoa). Por esta talla del siglo X y estilo bizantino, han manifestado especial devoción los bacaladeros de Pasaia, antes de iniciar sus campañas hacia Terranova.
Del Cristo de Lezo se cuenta la leyenda de que apareció, dentro de un cajón, flotando en las aguas de la ría de Pasaia. Y se añade que, de inmediato, surgió una disputa entre los vecinos de del mismo Pasaia, Lezo y Renteria, sobre en cuál de las tres poblaciones sería instalada la valiosa imagen. Pasados unos días, sin haber llegado a ningún acuerdo, el cajón volvió a ser abierto pero el Cristo había desaparecido. Se inició entonces una laboriosa búsqueda, que dio como resultado la aparición de la imagen desaparecida, clavada al pie del monte Jaizkibel, en el término de Lezo, quedando evidenciado que el deseo del Santo Cristo era que lo instalasen en aquel lugar.

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Creencias y supersticiones marineras

La religión cristiana ha influido más en la mentalidad del hombre de mar que en la del de tierra adentro en Euskal Herria. La mayoría de embarcaciones de pesca vascas han poseído nombres de santos, de vírgenes o de cristos, venerados en las poblaciones a que pertenecían sus tripulaciones.

IMG_3944Ha sido asimismo muy tradicional el rezo antes, durante y después del trabajo en la mar, especialmente en el transcurso de una galerna, o en momentos de grave apuro. Los pescadores de Hondarribia, por ejemplo, se encomendaban a la Virgen de Guadalupe. Los de Pasai Donibane al Santo Cristo de Bonanza. Los de Getaria, a San Prudencio. Lo de Lekeitio a Nuestra Señora del Rosario. Pero casi todos, de forma general, dirigían sus plegarias a San Pedro.
La religiosidad del marinero euskaldun ha quedado patente, además, en una larga serie de costumbres, entre ellas la de bendecir sus barcos en el momento de ser botados. Este acto lo dirige un sacerdote, quien además de rociarlo con agua bendita y recitar en latín un trozo del Evangelio, dirigía una plegaria a San Pedro.

De primordial importancia en la vida de las poblaciones costeras vascas eran las campanas de iglesias y ermitas. Con ellas se daba una señal sonora a los pescadores en días de niebla. En Lekeitio taían las de la parroquia y la de la ermita de San Juan. En esa ermita se decían muchas misas dirante el invierno, por encargo de los familiares de los pescadores. Además, cuando rugía el temporal, solían ir desde la parroquia hasta la ermita el cura y buena parte de la población, cantando letanías para calmar la tempestad. Con frecuencia, los devotos arrojaban monedas a través de la reja de dicha ermita; costumbre que se ha observado en todas las poblaciones del litoral y en buena parte de las del interior.

Las brujas y el mar

Tanto en los procesos de brujería como en el folklore, se ha relacionado a las brujas con el mar. Unas veces porque se decía que eran capaces de cambiar las mareas, provocar tempestades o alejar la pesca. Otras porque se las hacía protagonistas de diversos relatos populares. Los pescadores vascos, cuando se hallaban faenando en alta mar, procuraban no pronunciar la palabra bruja.

IMG_20140810_0001Una leyenda de Bermeo (Bizkaia) dice que una vez entraron de arribada en el puerto de Elantxobe unos pescadores que venían en una barca, y que por la noche un anciano se quedó a dormir en la embarcación para vigilarla. Dos mujeres de sayas rojas embarcaron, soltaron amarras y comenzando a remar vigorosamente, exclamaron: “A cada palada cien leguas”. Cruzando el mar como una centella, la barca estuvo en La Habana poco rato después. Allí las dos mujeres saltaron a tierra y también lo haría el hombre, quien sigilosamente, arrancó una rama de un árbol. Del mismo modo que se fueron, volvieron velozmente a Elantxobe. Como el viejo mostró la rama del árbol a sus compañeros, para probar que cuanto decía era cierto, ninguno pudo poner en duda sus palabras.
Otra leyenda procedente de Azkoitia (Gipuzkoa), refiere que para perjudicar a unos pescadores, ciertas brujas decidieron convertirse en tres gigantescas olas. Pero que habiendo dicho en voz alta que necesitaban aquellos hombres para salvarse, y habiéndolo escuchado casualmente uno de los pescadores, logró clavar un arpón a la mayor de las olas, y además de salvar la embarcación, consiguió acabar con la vida de una de las brujas.

Las lamias y el mar

Tan confundida ha estado la figura de la lamia y la sirena que, de una manera muy generalizada, la segunda ha sido denominada con el nombre de la primera. Y es que la sirena euskaldun, según varios relatos y creencias, más que sirena ha sido lamia. Una lamia costera.

IMG_20140803_0001Pocas leyendas quedan referentes a las lamias costeras, ni a sirenas de mar adentro. Cuentan que un marino de Bizkaia, que regresaba de La Habana con el barco cargado, encalló en un banco de arena del Nervión, a la altura de la desembocadura del río Galindo. Como la carga era valiosísima, comenzó de inmediato la descarga de la nave. Pero como se hizo de noche, decidió quedarse a vigilar hasta el día siguiente.
Sucedió que, en algún momento que se quedó adormilado, una presencia cercana e imprevista le puso alerta. Se trataba de una bella mujer, de larga cabellera dorada, que se peinaba apaciblemente con un peine de oro. Y que mirando al marino, le confesó su amor por él y cayó rendida en sus brazos.
La pareja pasó la noche entretenida con juegos de enamorados, hasta que la campana de alguna ermita les avisó de la llegada del alba. El marino pasó el día descargando la nave y a la noche, mientras vigilaba la mercancía y el navío, acudió de nuevo la extraña y bella mujer al encuentro de su enamorado. Pero en esta ocasión, el hombre observó que los pies de su amada tenían solo tres garras, cubiertas por una membrana de oca. Tan nervioso y asustado se mostró el hombre, que la lamia, advirtiéndolo, inquiría qué era lo que le preocupaba. Él saldría al paso aduciendo que le tenía muy preocupado el accidente de su barco.
La lamia entonces extendió sus manos tranquilamente y la embarcación, empujada por una poderosa corriente, fue arrastrada hasta las aguas de la ría. El marino corrió a embarcar en su nave y la encaró hacia la ría, escapando para siempre de la lamia.

El encanto de las sirenas

Enigmático y peligroso ha sido el encanto que ha ejercido en la mentalidad popular el mito de las sirenas. Ellas han simbolizado las múltiples acechanzas que rodeaban a los guerreros, marineros y aventureros. Todos aquellos que se una forma u otra tenían que abandonar sus hogares corrían el riesgo de ser tentados. También son el fiel reflejo de las dos caras del mar: la apacible y la sugestiva.

IMG_20140720_0001En cuanto a la sirena vasca se refiere, denominada por unos itxaslamia, por otros arrainandere y lamia por los más, aparece por primera vez en el folklore de Euskal Herria en el siglo XV. Es mitad mujer, mitad pez, y atrae con sus bellos cantos a los nautas confiados, para hacer zozobrar sus navíos.
Es en la desembocadura del Bidasoa (Gipuzkoa) donde se conservan más pruebas del arraigo que las sirenas tuvieron en la mentalidad popular vasca. Sirenas que por lo general no resultaban nunca ser demasiado dañinas. Se entretenían en enredar, de tarde en tarde, las redes a los pescadores o en gastarles bromas. Aunque mucho más malvadas fueron las sirenas de Zeanuri (Bizkaia), de las que se llegó a decir que eran aficionadas a comer manteca de mujer.